viernes, 25 de marzo de 2011

Sobre rugby y señorío

El pasado sábado, sobre la hierba de Lansdowne Road, en Dublín, el capitán del equipo de la República de Irlanda de rugby, Brian O'Driscoll, consiguió su vigésimo quinto ensayo en el torneo de las Seis Naciones, superando la marca que desde 1933 ostentaba el escocés Ian Smith. El center irlandés rompía un record de 78 años en la competición más prestigiosa de un deporte que representa la quintaesencia del juego en equipo. Además, lo hacía frente al enemigo inglés, al que privaban de su quinta victoria en el torneo (el Grand Slam) y frente a su afición, rendida al carisma de este muchacho de Clontarf, leyenda en un país que es sinónimo de leyenda; un pueblo obligado a sobrevivir a los infortunios de la historia aplicando el remedio crisopéyico de convertir la verdad en mito.

Pero no traigo esta noticia a este blog por ser otro récord que se rompe, sino por dos momentos, casi etéreos, infinitesimales, que se producen antes y después de que O'Driscoll posara el balón oval tras la línea de ensayo. El primero de estos instantes tiene lugar unos minutos antes del try: O'Driscoll atraviesa la defensa inglesa y consigue un ensayo, que no ofrece duda de su legalidad a ninguno de los presentes ni a los millones que lo siguen desde sus casas. A nadie, excepto al árbitro, que anula la jugada por considerar que el último pase se realiza hacia delante. Me imagino esta misma situación en un escenario futbolístico: una jugada anulada que supone ponerse en ventaja, casi definitiva, ante el máximo rival, y que además significa que un jugador franquicia no consiga batir un récord histórico. Lo mínimo a lo que se asistiría es a un zarandeo físico y dialéctico al trencilla y a sus auxiliares, algún que otra agresión soterrada entre jugadores y a una estampa prebélica en las gradas. La reacción de O'Driscoll se limitó a preguntar educadamente al árbitro neozelandés que había ocurrido y digerir sus respuesta como el católico traga la ostia consagrada: bajando la cabeza y volviendo a su posición con una estudiada pose, a medio camino entre la solemnidad y la sumisión.

El segundo de los instantes se produce tras el histórico ensayo del capitán irish. Los compañeros lo felicitan sobre el césped mientras esboza una tímida sonrisa. Nada de golpes en el pecho vociferando a los cuatro vientos lo bueno que soy y lo que me lo merezco (Michel dixit, Mundial de Italia 1990); nada de histeria colectiva tipo "esto-es-lo-mas-grande-nunca-visto-aquí-y-ahora-se-acaba-el-mundo-tal-y-como-lo-conocíamos"; nada de histrionismo futbolístico; solo el rostro de un jugador de rugby, manchado de barro, con la expresión del que acaba de recibir las felicitaciones de los amigos por lo buena que le ha salido la paella.

Pensaba, mientras disfrutaba la clase magistral de O'Driscoll, del tan cacareado señorío del Real Madrid Club de Fútbol. Por mis colores y mi ideología (si estas dos condiciones pueden separarse) la palabra señorío nunca me ha sonado bien: a) por entender que pertenecía de manera intransferible al acervo lingüístico merengue y, b), porque, etimológicamente, procede de señor, que es aquel que es dueño de algo, lo que siempre me ha hecho sospechar que esta palabra era otra manipulación de la realidad para hacer quedar bien a los que "parten el bacalao".

Afinidades y desencuentros aparte, mi propio diccionario acepta las definiciones del término "señorío" que se identifican con el fair play y que están hechas del mismo material sobre el que O'Driscoll y los suyos han edificado su deporte. Si hay alguna persona que haya representado esos valores positivos del "señorío madridista" de la manera más auténtica e inconfundible es, sin duda, Vicente Del Bosque. Aunque, curiosamente, en los últimos tiempos, los hagiógrafos merengues han bajado de los altares al seleccionador que ha hecho campeona del mundo a la selección de España, país cuya bandera vienen paseando, desde tiempo inmemorial, las huestes blancas que campean por la galaxia (perdonen la hipérbole, pero los hagiógrafos escribimos así). Extraordinaria incongruencia la de que un hombre criado en el Real Madrid, jugador y entrenador exitoso en esa casa, haya perdido los favores del madridismo. Ni es extraordinaria, ni es incongruencia. Sencillamente la palabra señorío ha sufrido una interesada y necesaria revisión en la última edición del diccionario de la RAE madridista. Escuchemos al Ser Superior, al sucesor de Bernabeu en la tierra, al presidente Florentino Pérez en una intervención frente a los socios, la pasada semana: "El señorío es reconocer los méritos y victorias del adversario, pero también es señorío lo que hace nuestro entrenador, que es reconocer lo que cree que es injusto, para luego denunciar esas acciones irregulares". Su entrenador es el setubalense Jose Mourinho, que desde su llegada a Madrid no ha parado un minuto de verter todas sus malas artes de chisgarabís contra el FC Barcelona, tejiendo una trama de teorías conspiratorias aplaudidas por los medios de Madrid (que, a fecha de hoy en este país, vienen a ser la práctica totalidad de los medios de cobertura nacional).

El entrenador de Florentino durante un exitoso (y único) periodo de tiempo fue Vicente Del Bosque. Del Bosque no dedicaba su tiempo a elaborar teorías conspiratorias, a autoproclamarse un ser especial, a puentear a sus superiores, a criticar públicamente a su club y a sus jugadores. No, Del Bosque era (y es) un hombre que lleva a sus equipos a cumplir sus objetivos con gravedad y mesura. Esto es para la Real Academia de la Lengua Española el verdadero significado de la palabra "señorío". Por todo eso, y quizás algo más, el cuerpo le pidió a Florentino emitir este mensaje horas después de que Del Bosque volviera a hacer al Madrid campeón de Liga, hace de esto ya 8 años: "Del Bosque no es entrenador adecuado para el futuro".

Sin duda, Florentino sabía de lo que hablaba. Don Vicente no sería el entrenador adecuado para ese futuro, presente hoy, donde el madridismo aplaude a su caudillo portugués como espejo de sus más bajos instintos. El brillo del Barcelona es insoportable. Hay que acabar como sea con esta época de oprobio. Hay que sacar los tanques a la calle. Hay que justificar lo injustificable. Hay que rendir obediencia ciega a Mourinho. Hay que cambiar el significado de las palabras.

El defensa del Real Madrid y de la Selección Española, Sergio Ramos, ha reconocido que le da envidia que, en los estadios españoles, se aplauda a los jugadores campeones del mundo del Barça y no a los del Madrid. Alguien debería explicarle a Sergio Ramos que en el presente de su club no cabe otra cosa que ganarle al Barcelona. No hay sitio para poesía, fair play, admiración, O'Driscoll, respeto, filosofía, Del Bosque o Iniesta. Solo queda ganar. Si el Real Madrid gana, se recuperará el orden del universo y el fin justificará los medios. Si el Real Madrid no gana, puede ser que la palabra "señorío" vuelva a caber en el zurrón del madridismo. Un señorío, patrimonio de aquellos pocos madridistas que aún lo siguen conservando intacto: mi reconocimiento a los miembros del club que promovieron las muestras de apoyo hacia Abidal en el Santiago Bernabeu durante el partido de vuelta de octavos de final de la Champions League frente al Olympique de Lyon. Eso debe ser el fútbol.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Anatomía de un instante

En las semanas que han transcurrido desde la última entrada, el mundo del fútbol de élite ha generado abundante carnaza para mi mandíbula ávida de cebo. Sin embargo, y como ya anticipaba fechas atrás, mi disposición al juego directo y efectivo suele ser nula y al simple hecho de sentarme a transcribir mis pensamientos le preceden por costumbre una retahíla de prolegómenos (estructuración del mensaje, selección del estilo, análisis de la temática, investigación documental, etc..) que de haberle ocurrido a Lope de Vega hubiera reducido su prolífica obra literaria a medio soneto (el mandado por Violante).

Perdidos entre mis conexiones neuronales han quedado varias entradas de blog que habrían ilustrado eficazmente estas semanas de silencio. Me estoy acordando del análisis sobre la posición de Busquets como central en el partido de Mestalla en una asimétrica interpretación de una defensa de cuatro que se convierte en la salida del balón en tres centrales y dos volantes laterales, o de la desoladora postura de Pellegrini como entrenador de fútbol asumiendo tirar el partido del Bernabéu días después de que Mourinho, y la prensa que le torpedeó su etapa en el Madrid, se mofaran públicamente de él y del club que le paga ahora (de eso sí hablaré otro día), o de la repetida deshonra histórica de Wenger renunciando, cada vez que se enfrenta al Barcelona, a un estilo que lleva 15 años pregonando en el Arsenal (esto también merece parar a contemplarse).

Sin embargo, y en aras de desatracar este buque bloggero del fangoso puerto de mi voluntad, voy a intentar tratar de la manera más inmediata asuntos inmediatos con reflexiones inmediatas.

En estos momentos estoy leyendo el libro de Javier Cercas "Anatomía de un instante" donde narra lo sucedido en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 en España. Además de estar disfrutando de un extraordinario texto literario, el libro me está permitiendo poner en su sitio algunas informaciones que de manera desordenada utilizaba en mis conversaciones sociales para explicar lo que para mí era la realidad del golpe de estado del 23F y la sobrevalorada transición española. De lo que llevo de la lectura de "Anatomía de un instante" he extraído una sensación que quiero sea uno de los "principios activos" de este blog: los pensamientos, palabras u obras que configuran el día a día de los hechos se acaban convirtiendo en residuos profilácticamente manipulados para ser empleados como material de la construcción de una HISTORIA que sólo responde al propósito del que paga por escribirla y que son siempre los mismos. En esta España, Grande y Libre , siempre son los mismos, y en la España del fútbol, tan Grande y tan Libre como la que la contiene, también.

Se preguntaba un internauta argentino hace unos días qué idea de la historia del fútbol, y en concreto de la relevancia de Leo Messi, se podrían hacer la futuras generaciones si acudieran a la hemeroteca a revisar los dos periódicos deportivos actuales de más tirada en España (el marca y el as). Supongo que la misma que si escucharan o vieran el resto de las radios y televisiones con mayor audiencia en este país y con domicilio en Madrid: el Barcelona y su estrella juegan muy bonito pero esto es una moda pasajera sustentada en los resultados por las ayudas arbitrales, el beneplácito de las instituciones deportivas españolas y la permisividad de los rivales. Cualquier espacio deportivo que se pueda escuchar en una emisora nacional (Cope, Ser, RNE, Punto Radio, Onda Cero, Intereconomía, es-radio, etc...) o en una televisión (TVE, Antena 3, Cuatro, Telecinco, La Sexta, Marca TV, Intereconomía, Veo TV) presenta una realidad interpretada por un periodista de Madrid que se dirige a una audiencia sin cuestionarse la premisa básica del periodismo patrio: lo "natural", "lo español" es ser del Real Madrid, o como variante folclórica, del Atlético de Madrid.

Hace unos días, un periodista de la COPE, filtraba que el Real Madrid iba a exigir a las autoridades deportivas que se endurecieran los controles antidoping en el fútbol ya que el Barcelona podría deber su éxito a sustancia dopantes. Todas las acusaciones infundadas hacia el Barça y el torpedeo de la (bautizada por el anterior presidente Joan Laporta) "caverna mediática madrileña" parecían haber alcanzado un camino de no retorno. A las pocas horas, el periodista se disculpa remarcando que se trata de una información "que me llega desde el Real Madrid" y admite: "Quizás he pecado de pardillo. A mí me hacen llegar una información y yo la transmito. Si tengo que pedir perdón y ponerme de rodillas lo hago".

A todo esto, el Barça a 5 puntos del Real Madrid tras empatar con el Sevilla en el Sánchez Pizjuán, donde un árbitro le birló un gol legal y un penalty de libro. Algunos periodistas de Madrid (lo que viene a ser España en términos de medios) utilizan estos incuestionables fallos arbitrales para seguir con su ejercicio de admiración ininterrumpida al nuevo caudillo madridista Mourinho al que arrogan el mérito de haber provocado el error del trencilla por sus críticas en jornadas anteriores (¿hay algo que salga por la boca de este hombre que no sea criticar?).

El Barça acaba de informar que el defensa Eric Abidal, que estaba realizando una temporada excepcional tanto de central como de lateral izquierdo, va a ser operado de un tumor en el hígado.