
El pasado sábado, sobre la hierba de Lansdowne Road, en Dublín, el capitán del equipo de la República de Irlanda de rugby, Brian O'Driscoll, consiguió su vigésimo quinto ensayo en el torneo de las Seis Naciones, superando la marca que desde 1933 ostentaba el escocés Ian Smith. El center irlandés rompía un record de 78 años en la competición más prestigiosa de un deporte que representa la quintaesencia del juego en equipo. Además, lo hacía frente al enemigo inglés, al que privaban de su quinta victoria en el torneo (el Grand Slam) y frente a su afición, rendida al carisma de este muchacho de Clontarf, leyenda en un país que es sinónimo de leyenda; un pueblo obligado a sobrevivir a los infortunios de la historia aplicando el remedio crisopéyico de convertir la verdad en mito.
Pero no traigo esta noticia a este blog por ser otro récord que se rompe, sino por dos momentos, casi etéreos, infinitesimales, que se producen antes y después de que O'Driscoll posara el balón oval tras la línea de ensayo. El primero de estos instantes tiene lugar unos minutos antes del try: O'Driscoll atraviesa la defensa inglesa y consigue un ensayo, que no ofrece duda de su legalidad a ninguno de los presentes ni a los millones que lo siguen desde sus casas. A nadie, excepto al árbitro, que anula la jugada por considerar que el último pase se realiza hacia delante. Me imagino esta misma situación en un escenario futbolístico: una jugada anulada que supone ponerse en ventaja, casi definitiva, ante el máximo rival, y que además significa que un jugador franquicia no consiga batir un récord histórico. Lo mínimo a lo que se asistiría es a un zarandeo físico y dialéctico al trencilla y a sus auxiliares, algún que otra agresión soterrada entre jugadores y a una estampa prebélica en las gradas. La reacción de O'Driscoll se limitó a preguntar educadamente al árbitro neozelandés que había ocurrido y digerir sus respuesta como el católico traga la ostia consagrada: bajando la cabeza y volviendo a su posición con una estudiada pose, a medio camino entre la solemnidad y la sumisión.
El segundo de los instantes se produce tras el histórico ensayo del capitán irish. Los compañeros lo felicitan sobre el césped mientras esboza una tímida sonrisa. Nada de golpes en el pecho vociferando a los cuatro vientos lo bueno que soy y lo que me lo merezco (Michel dixit, Mundial de Italia 1990); nada de histeria colectiva tipo "esto-es-lo-mas-grande-nunca-visto-aquí-y-ahora-se-acaba-el-mundo-tal-y-como-lo-conocíamos"; nada de histrionismo futbolístico; solo el rostro de un jugador de rugby, manchado de barro, con la expresión del que acaba de recibir las felicitaciones de los amigos por lo buena que le ha salido la paella.
Pensaba, mientras disfrutaba la clase magistral de O'Driscoll, del tan cacareado señorío del Real Madrid Club de Fútbol. Por mis colores y mi ideología (si estas dos condiciones pueden separarse) la palabra señorío nunca me ha sonado bien: a) por entender que pertenecía de manera intransferible al acervo lingüístico merengue y, b), porque, etimológicamente, procede de señor, que es aquel que es dueño de algo, lo que siempre me ha hecho sospechar que esta palabra era otra manipulación de la realidad para hacer quedar bien a los que "parten el bacalao".
Afinidades y desencuentros aparte, mi propio diccionario acepta las definiciones del término "señorío" que se identifican con el fair play y que están hechas del mismo material sobre el que O'Driscoll y los suyos han edificado su deporte. Si hay alguna persona que haya representado esos valores positivos del "señorío madridista" de la manera más auténtica e inconfundible es, sin duda, Vicente Del Bosque. Aunque, curiosamente, en los últimos tiempos, los hagiógrafos merengues han bajado de los altares al seleccionador que ha hecho campeona del mundo a la selección de España, país cuya bandera vienen paseando, desde tiempo inmemorial, las huestes blancas que campean por la galaxia (perdonen la hipérbole, pero los hagiógrafos escribimos así). Extraordinaria incongruencia la de que un hombre criado en el Real Madrid, jugador y entrenador exitoso en esa casa, haya perdido los favores del madridismo. Ni es extraordinaria, ni es incongruencia. Sencillamente la palabra señorío ha sufrido una interesada y necesaria revisión en la última edición del diccionario de la RAE madridista. Escuchemos al Ser Superior, al sucesor de Bernabeu en la tierra, al presidente Florentino Pérez en una intervención frente a los socios, la pasada semana: "El señorío es reconocer los méritos y victorias del adversario, pero también es señorío lo que hace nuestro entrenador, que es reconocer lo que cree que es injusto, para luego denunciar esas acciones irregulares". Su entrenador es el setubalense Jose Mourinho, que desde su llegada a Madrid no ha parado un minuto de verter todas sus malas artes de chisgarabís contra el FC Barcelona, tejiendo una trama de teorías conspiratorias aplaudidas por los medios de Madrid (que, a fecha de hoy en este país, vienen a ser la práctica totalidad de los medios de cobertura nacional).
El entrenador de Florentino durante un exitoso (y único) periodo de tiempo fue Vicente Del Bosque. Del Bosque no dedicaba su tiempo a elaborar teorías conspiratorias, a autoproclamarse un ser especial, a puentear a sus superiores, a criticar públicamente a su club y a sus jugadores. No, Del Bosque era (y es) un hombre que lleva a sus equipos a cumplir sus objetivos con gravedad y mesura. Esto es para la Real Academia de la Lengua Española el verdadero significado de la palabra "señorío". Por todo eso, y quizás algo más, el cuerpo le pidió a Florentino emitir este mensaje horas después de que Del Bosque volviera a hacer al Madrid campeón de Liga, hace de esto ya 8 años: "Del Bosque no es entrenador adecuado para el futuro".
Sin duda, Florentino sabía de lo que hablaba. Don Vicente no sería el entrenador adecuado para ese futuro, presente hoy, donde el madridismo aplaude a su caudillo portugués como espejo de sus más bajos instintos. El brillo del Barcelona es insoportable. Hay que acabar como sea con esta época de oprobio. Hay que sacar los tanques a la calle. Hay que justificar lo injustificable. Hay que rendir obediencia ciega a Mourinho. Hay que cambiar el significado de las palabras.
El defensa del Real Madrid y de la Selección Española, Sergio Ramos, ha reconocido que le da envidia que, en los estadios españoles, se aplauda a los jugadores campeones del mundo del Barça y no a los del Madrid. Alguien debería explicarle a Sergio Ramos que en el presente de su club no cabe otra cosa que ganarle al Barcelona. No hay sitio para poesía, fair play, admiración, O'Driscoll, respeto, filosofía, Del Bosque o Iniesta. Solo queda ganar. Si el Real Madrid gana, se recuperará el orden del universo y el fin justificará los medios. Si el Real Madrid no gana, puede ser que la palabra "señorío" vuelva a caber en el zurrón del madridismo. Un señorío, patrimonio de aquellos pocos madridistas que aún lo siguen conservando intacto: mi reconocimiento a los miembros del club que promovieron las muestras de apoyo hacia Abidal en el Santiago Bernabeu durante el partido de vuelta de octavos de final de la Champions League frente al Olympique de Lyon. Eso debe ser el fútbol.